
When we talk about neuroprotection, it’s natural to think of it in relation to conditions or treatments that impact human health, particularly mental well-being. However, what happens when the mental health of the world itself is at risk? Global crises, environmental stressors, and societal challenges can severely affect our collective cognitive resilience, that’s why considering individual and population-level perceptions (Richter et al. 2024) is extremely important. At the same time, exploring neuroprotective strategies during such conditions not only helps us as individuals but could also strengthen mental health at a larger scale, offering a way to navigate through the uncertainties of modern life.
The last century has been marked by numerous large-scale catastrophes, many of which continue to affect the global population today. From countless armed conflicts to the profound impacts of climate change and pandemics, the past 100 years have exposed humanity to unprecedented levels of stress and uncertainty. This prolonged exposure has taken a significant toll on mental health, highlighting how the challenges of modern life often extend beyond the physical, deeply impacting emotional and cognitive well-being, even among individuals indirectly exposed to stressors (Ventriglio et al. 2024).
Hearing terms like stress, anxiety, panic attacks or depression has become increasingly common. On one hand, this reflects a growing societal awareness and sensitivity toward mental health issues, fostering empathy for those struggling with these “invisible demons.” However, the alarming rise in mental health disorders over the past century has led to a public health crisis. Care facilities are overwhelmed, and there is insufficient investment from authorities.
While trying to avoid unnecessary complexity in the biological processes involved, it is important to mention that high-stress events often set off a cascade of effects that increase the risk of mental health disorders. Chronic stress, in particular, can lead to pathological changes in immune and hormonal responses, resulting in cellular damage. Over time, these processes may contribute to neurodegeneration, largely due to the over-activation of microglia (immune cells in the brain) and altered gene expression under prolonged stress, which disrupts proper neuronal communication and brain health. For this reason, promoting and expanding neuroprotective activities and habits, as discussed in the Depression-Dementia-Century Initiative (DDCI), is not just important but essential for enhancing resilience during these challenging times.
To wrap up, I encourage you to try, even if just for one day, to make choices that consider the neuroprotective benefits of your actions, whether it’s in what you do, feel, listen to, or eat. While it might not dramatically change your life, it will give you a sense of how easy it is to live in a “neuro-conscious” way. The goal is simple: to enhance your quality of life and foster a more positive perception of the world around you, something that has become increasingly important in today’s challenging times.
El Impacto de la Neuroprotección en la Salud Mental a Largo Plazo Durante las Crisis Mundiales.
Cuando hablamos de neuroprotección, es natural pensar en ella en relación con afecciones o tratamientos que repercuten en la salud humana, en particular en el bienestar mental. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la salud mental del propio mundo está en peligro? Las crisis mundiales, los factores de estrés ambiental y los retos sociales pueden afectar gravemente a nuestra resiliencia cognitiva colectiva, por lo que es sumamente importante tener en cuenta las percepciones individuales y de la población (Richter et al. 2024). Al mismo tiempo, explorar estrategias neuroprotectoras durante tales condiciones no sólo nos ayuda como individuos, sino que también podría fortalecer la salud mental a mayor escala, ofreciendo una manera de navegar a través de las incertidumbres de la vida moderna.
El último siglo ha estado marcado por numerosas catástrofes a gran escala, muchas de las cuales siguen afectando a la población mundial en la actualidad. Desde innumerables conflictos armados hasta las profundas repercusiones del cambio climático y las pandemias, los últimos 100 años han expuesto a la humanidad a niveles de estrés e incertidumbre sin precedentes. Esta exposición prolongada se ha cobrado un peaje significativo en la salud mental, poniendo de relieve cómo los desafíos de la vida moderna a menudo van más allá de lo físico, impactando profundamente en el bienestar emocional y cognitivo, incluso entre las personas expuestas indirectamente a los factores de estrés (Ventriglio et al. 2024).
Oír términos como estrés, ansiedad, ataques de pánico o depresión es cada vez más frecuente. Por un lado, esto refleja una creciente concienciación y sensibilidad de la sociedad hacia los problemas de salud mental, fomentando la empatía hacia quienes luchan contra estos «demonios invisibles». Sin embargo, el alarmante aumento de los trastornos mentales en el último siglo ha provocado una crisis de salud pública. Los centros asistenciales están desbordados y las autoridades no invierten lo suficiente.
Aunque se trata de evitar complejidades innecesarias en los procesos biológicos implicados, es importante mencionar que los acontecimientos de alto estrés suelen desencadenar una cascada de efectos que aumentan el riesgo de trastornos mentales. El estrés crónico, en particular, puede provocar cambios patológicos en las respuestas inmunitarias y hormonales, con el consiguiente daño celular. Con el tiempo, estos procesos pueden contribuir a la neurodegeneración, en gran parte debido a la sobreactivación de la microglía (células inmunitarias del cerebro) y a la alteración de la expresión de genes bajo estrés prolongado, lo que altera la correcta comunicación neuronal y la salud cerebral. Por este motivo, promover y ampliar las actividades y hábitos neuroprotectores, como se expone en la Iniciativa del Siglo para la Depresión y la Demencia (DDCI), no sólo es importante, sino esencial para mejorar la resiliencia en estos tiempos difíciles.
Para terminar, los animo a que intenten, aunque sólo sea por un día, tomar decisiones que tengan en cuenta los beneficios neuroprotectores de sus acciones, ya sea en lo que haces, sientes, escuchas o comes. Aunque no cambie tu vida drásticamente, te dará una idea de lo fácil que es vivir de forma «neuroconsciente». El objetivo es sencillo: mejorar tu calidad de vida y fomentar una percepción más positiva del mundo que nos rodea, algo cada vez más importante y que nos afecta a todos sin excepción.
Image credits: Photo by Issy Bailey in Unsplash
